jueves, 10 de agosto de 2017

jueves, 18 de septiembre de 2014

En paz




Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales: coseché siempre rosas.

... Cierto a mis lozanías va a seguir el invierno:
!mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.

!vida, nada me debes! !vida, estamos en paz!

                                                            Amado Nervo

martes, 14 de diciembre de 2010

Down These Mean Streets

(Posible traducción: Por estas calles bravas o Por estas calles ruines)

Hace años tuve la fortuna de leer esta autobiografía de Piri Thomas, un joven que crece en Harlem, Nueva York, por allá en la década de los cincuenta. Para el tiempo en que el autor era un adolescente, Harlem era un barrio con enorme influencia latina. De este factor se desprenden disímiles consecuencias, generalmente cargadas de dificultad. El rigor de un ambiente violento que impone sus leyes en el espíritu de los habitant
es de aquellas “calles bravas” se trasluce en las páginas de este sensible relato. Sin embargo, muchas veces la violencia que asolaba las calles de Harlem tenía como origen el propio ímpetu de las familias latinas que, intentando abrirse paso en la Nueva York de entonces, se cargaban de resentimiento y frustración. En otras palabras, lo que muestra Piri Thomas en su libro, es una Latinoamérica pequeña echando raíces en un rincón de los Estados Unidos.

Fue paradójico que yo, latino hasta la médula, leyese el libro en alguno de los tantos fines de semana en que me aburría de modo inverosímil en un tranquilo pueblo de la Florida, donde mi única distracción consistía en hacer un solitario recorrido cultural por las bibliotecas de Palm Beach o bostezar viendo programas en el canal de Univisión. Precisamente por estar viviendo en aquel ambiente medio anglosajón y extrañar en aquella época el “bullicio salvaje del espíritu” y las “sombras dolorosas de mi patria”, tuve la conciencia de comparar las dos culturas que se enfrentan en el libro, y que en realidad se desafiaban en la arena de mi propia vida.



En ese tiempo triunfó el desvarío febril de mi impulso latino. Pero debo reconocer que esa victoria ocurrió no sin miedo de mi parte: la bravura de las calles de Harlem, sus fanfarronadas y los desdenes que debió sortear Piri Thomas en su época, las conocí personalmente a miles de kilómetros de Nueva York, en calles festivas donde las derrotas cotidianas de sus habitantes eran berreadas y celebradas estruendosamente en los estéreos de sus casas, amén de los alaridos y las bravatas de los borrachos que inundaban las esquinas de mi barrio. Así, sin saberlo, en un rincón andino ubicado 2.600 metros más cerca de las estrellas que las costas neoyorquinas, las palabras de Piri Thomas seguían contando historias al pálpito de otras experiencias. Eso hizo que me identificara plenamente con la fábula de su vida y que me dolieran sus desdichas. Pero en aquellos años yo era un ser contradictorio y en la lengua de mi alma había una sensación ambigua y palabras difusas que pugnaban por tomar forma. Si bien yo confundía el impulso con la decisión, la algarabía con la alegría y la agitación con la acción, intuía algún grado de discordia entre estos conceptos. Por eso, aunque añoraba mi ambiente latino, el relato de Thomas me incrustó una espina en el paladar con que disfrutaba sus sabores.

He rememorado este libro en la época actual en que reflexiono sobre los errores y los vicios de nuestra cultura. A veces un tonto nacionalismo, alimentado por los medios de información y las eficaces campañas publicitarias de la cerveza, nos dispara el orgullo patrio hacia alturas absurdas y engañosas. Pasando por alto la sensatez ganada a punta de experiencias maduradas, la emoción nacionalista nos impide la autocrítica y el consecuente crecimiento social e individual. En la plenitud de su vida, Piri Thomas encontró tranquilidad, al haber logrado romper la estructura de valores que el barrio latino le había impuesto como una marca interior: simplemente entendió que él mismo era el problema y decidió cambiar. Siendo un adulto mayor, vivía con su familia en Los Ángeles donde se dedicó a ayudar a jóvenes problemáticos a superar sus traumas y sus odios. Quizás, siguiendo el ejemplo de Thomas, en mi vida presente -ocaso de mi amada treintañez-, en la batalla interior librada por la influencia de aquellas dos culturas sale victoriosa la experiencia sensata. Alejado de los impulsos febriles de otros tiempos, el sosiego tanto interior como vital que anhelo tiene la imagen de una casa nocturna y sencilla, cobijada por un cielo apacible que me será esquivo en tanto mi estructura emocional no esté preparada para admirarlo.

Hace un par de meses intenté encontrar el libro de Thomas en las librerías de mi ciudad, pero quizás debido a nuestra autocensura cultural, o peor aún, a la censura comercial que no hace muy visibles los libros “worst-sellers”, no pude encontrarlo. Entonces escribí a la biblioteca de West Palm Beach solicitando información sobre el libro y su autor. En mi carta, a mi petición le añadí una observación que decía: “ese libro es muy importante para mí”. Y con esa gentileza y eficacia características de los empleados de aquella biblioteca, antes de 12 horas me llegó la respuesta con todos los datos solicitados, incluyendo un comentario que parecía ser respuesta a mi nota personal: “ese libro es muy importante para mucha gente”. Reconforta saber que en los caminos de nuestras encrucijadas interiores, somos muchos los que buscamos la senda del sosiego.

Recomiendo la lectura de este libro para aquellos que quieran hacer una reflexión acerca de la confrontación de nuestra propia interioridad contra ese entorno que a veces no logramos entender. Alguna vez Gandhi dijo: “Si estás en paz contigo mismo al menos hay un lugar pacífico en el mundo”. Se necesita una medida justa de autocrítica para inducirnos a buscar un cambio dentro de nosotros mismos. Una idea o una postura asumida por millones de seres no constituye necesariamente una verdad. Nuestro colectivo patrio necesita con urgencia un cambio de patrones culturales y nuestro colectivo humano necesita reposar sobre estructuras emocionales diferentes. Sin embargo, aquel requerimiento de dimensiones macro se inicia con una disposición voluntaria en el micro cosmos de nosotros mismos.

miércoles, 21 de julio de 2010

El payaso que llora en la bañera

Heinrich Böll, de nacionalidad alemana, recibió el Premio Nóbel de Literatura en 1972. Considero que es un premio más que merecido pues este genial escritor entregó al mundo uno de los libros más maravillosos que he leído y tal vez la novela con la que más me identifico: Opiniones de un payaso. En lo personal, el capítulo 14 de esta es uno de los más bellos de la literatura universal. Y aunque digo "en lo personal", por alguna razón las personas con quienes he conversado acerca de esta novela coinciden en afirmar que las páginas del capítulo 14 son memorables. Como siempre, mis propias palabras sobran ante la fuerza de las líneas escritas por Böll.

Hoy sencillamente quise compartirles esto:

"La vi volver a casa de noche. A la luz de la luna el bien recortado césped parecía casi azul. Junto al garaje, ramas podadas, amontonadas allí por el jardinero. Entre la retama y las matas rojas de los acerolos, el cubo de la basura, listo para la recogida. Viernes por la noche. Ya sabría ella a qué olería la cocina: a pescado. También sabría las notas que encontraría, una de Züpfner sobre el televisor: "Tuve que irme urgentemente a casa de F. Besos, Heribert", la otra de la criada sobre la nevera: "Estoy en el cine, volveré a las diez. Grete (Luise, Birgit)."

Abrir la puerta del garaje, dar la luz: sobre la blanqueada pared, la sombra de un patinete y de una máquina de coser en desuso. En el rincón de Züpfner, el Mercedes probaba que se Züpfner había ido a pie: "Respirar el aire, respirar un poco de aire, aire". Barro en neumáticos y guardabarros recordaba viajes por el Eifel, discursos por la tarde ante las juventudes ("luchar juntos, resistir juntos, sufrir juntos").

Una ojeada hacia lo alto: también todo oscuro en el cuarto de los niños. Las casas vecinas con entradas de doble vía y separadas por amplios parterres. El patológico reflejo de los televisores. El padre y marido que vuelve a casa molestará como el regreso del hijo pródigo molestaría: no se degollaría ningún becerro, ni siquiera habría pollos a la parrilla; se señalaría fugazmente un resto de pasta de hígado que quedó en la nevera.

Los sábados por la tarde, reuniones de confraternidad, cuando los volantes de badminton saltaban por encima de la red impulsados por raquetas, cachorros de perro o de gato escapaban corriendo, volantes devueltos por una raqueta, recuperados los gatitos -"oh, qué monada"- o los perritos -"oh, qué monada"- en la puerta del jardín o a través de rendijas en el vallado. Reprimida la irritación en las voces, nunca personal: sólo de vez en cuando se sale de la impecable curva y traza arabescos en el cielo de la vecindad, siempre por motivos fútiles, nunca por los verdaderos: si un platillo se hace añicos con estrépito, un balón que rueda aplasta las flores, manos infantiles arrojan guijarros a la pintura de los coches, lo recién lavado y recién planchado es rociado por las mangueras del jardín, entonces las voces se vuelven estridentes, las voces que no pueden chillar ni por estafas ni adulterios ni abortos. "Hija, tienes los oídos supersensibles, toma una medicina".

No tomes nada, Marie.

La puerta de la casa se abre: silencioso y confortablemente cálido. La pequeña Mariechen duerme arriba. Así pasa el tiempo: boda en Bonn, luna de miel en Roma, embarazo, parto: rizos castaños sobre níveas almohadas. ¿Te acuerdas de cuando él nos enseñó la casa y afirmó, lleno de vitalidad: "Aquí hay sitio para doce niños"? Y cómo ahora te examina durante el desayuno, el inexpresado "¿sí?" en sus labios, y cómo gritan los sencillos correligionarios y compañeros de partido después del tercer vaso de coñac: "¡De uno a doce van once, reza la cartilla!".

Se murmurea por la ciudad. Has estado otra vez en el cine, en este atardecer resplandeciente de sol, en el cine. Y otra vez en el cine, y otras veces.

Toda la tarde sola en el grupo, en casa de Blothert en casa, y sólo el ca-ca-ca en los oídos, y esa vez no terminaba en "-nciller", sino en "-tólicos". Como un cuerpo extraño te zumba la palabrita en los oídos. Suena a juego de crícket, suena también un poco a úlcera. Blothert posee el contador Geiger que permite descubrir a los católicos: "Éste sí, éste no, éste sí, éste no". Como si deshojase la margarita: me quiere, no me quiere. Me quiere. Allí se examinan clubes de fútbol y compañeros del partido, gobierno y oposición, con el test católico. Igual que un distintivo racial, se busca la piedra de toque y no se la encuentra: nariz nórdica, boca occidental. Alguien la tiene con seguridad, se la ha tragado, la piedra tan codiciada, la buscada con ahínco. Es el propio Blothert, guárdate de sus ojos, Marie. Lujuria senil, ideas de seminarista sobre el sexto mandamiento, y cuando se habla de ciertos pecados, sólo en latín. In sexto, de sexto. Naturalmente, suena a sexo. Y los queridos niños. A los mayores; Hubert, dieciocho; Margret, diecisiete, les está permitido quedarse un rato, para que la charla de los adultos les aproveche. Se habla de católicos, estado corporativo y la pena de muerte, que hace surgir una curiosa llamarada en los ojos de la señora Blothert, y su voz se eleva a irritadas alturas, donde el reír y el llorar se juntan sensualmente. Has intentado consolarte con el trasnochado cinismo de izquierdas de Fredebeul: en vano. En vano intentarás irritarte con el trasnochado cinismo de derechas de Blothert. Hay una bonita palabra: nada. No pienses en nada. Ni en el canciller, ni en los católicos, piensa en el payaso que llora en la bañera, que derrama el café en sus zapatillas."

Opiniones de un payaso. Heinrich Böll

martes, 29 de junio de 2010

La canción del jardinero

"Yo no soy bailarín
porque me gusta quedarme
quieto en la tierra y sentir
que mis pies tienen raíz..."

María Elena Walsh es una poetisa argentina, compositora de bellísimos temas infantiles como esta Canción del jardinero. Muy conocidas en otras latitudes, las canciones de esta artista ahora tienen video gracias a la idea genial de algún admirador. Poesía e infancia, cultura y existencia vital, !!qué falta hace en el mundo comprender estas asociaciones!!

jueves, 17 de junio de 2010

Ahora

Hace apenas un instante, por la ciudad hondísima
oí pasar una noche de mi infancia en los campos,
un vuelo de caballos, de iluminadas granjas
y altos bosques de pájaros. Es como un pulso súbito
el recuerdo, una ola de sangre que no olvida
asciende de la bruma con ladridos de perros,
como salvajes ancianos que ven la luna alzándose
sobre la pleamar negra de las montañas.
Golpea el corazón ese puño secreto,
un viento que se burla de los años reanuda
un silbo en las agujas del pinar y derriba
de los negros ramajes las esferas maduras.

Tan lejos, de repente, vuelve ese viento antiguo
que desciende hacia el río, por los viejos cañones
del Tolima, curvando las cañas, despertando
voces sobresaltadas en los cuartos vecinos,

Tal vez no es más la infancia que un país ilusorio,
una raíz que hundimos en las previas penumbras
para sortear la vaga irrealidad del mundo,
pero su acre ventisca llega como un milagro,
hace crujir los muros de las casas que no existen
y enciende sobre el páramo las increíbles voces
de los ángeles. Vivas y huyendo por los bosques
veo las llamas indemnes. Veo el árbol temible
donde la enferma quiso que excavaran su tumba.
Oigo lejos gemir los camiones nocturnos
que cruzan rumbo a Caldas. Oigo las torpes bestias
que devoran el apio, que enferman los sembrados.


Y mi noche se llena de obliteradas noches,
se confunden en ella los pueblos de los riscos,
los entrevistos trenes, las iglesias monstruosas
y el sable de las fábulas vuela en fragmentos de oro
cuando suenan los truenos y los rifles. La noche
vasta de la ciudad asila estos espectros,
las bifurcadas noches que atesoran sus hombres,
ayeres que ya están en la sangre y, de pronto,
despiertan para hundirnos en el canto o en el crimen.

Ahora. William Ospina

miércoles, 10 de marzo de 2010

Romance anónimo

Para los amantes de la guitarra clásica, dejo este video en el que el maestro español Narciso Yepes interpreta el bellísimo tema Romance Anónimo. Hace un tiempo pensaba que ese era el nombre verdadero de esta pieza, sin embargo, indagando por la red, encontré que la autoría de esta obra musical ha sido atribuida a diversos músicos de diferentes procedencias. Probablemente el verdadero nombre sea simplemente Romance, y anónimo sea el calificativo que recibe dado su origen desconocido. Sea como sea, es una hermosa obra y al ser interpretada por un guitarrista de la categoría de Yepes, esta lluvia de notas adquiere una grandeza absoluta. Por demás, el video en blanco y negro ayuda a transmitir ese sentimiento suave de la melodia, invitándonos a abrir todos los sentidos para disfrutarla.

jueves, 11 de febrero de 2010

Un salto desde el espacio

Tal vez sea debido a esa mezcla de encanto y temor que me inspiran las alturas que considero la hazaña que se observa en este video como una de las más grandes y osadas realizadas por hombre alguno. En el video se aprecia al Capitán de la Fuerza Aérea norteamericana Joseph W. Kittinger lanzándose desde la estratósfera, a una altura de 31.300 metros. El salto se realizó el 16 de agosto de 1960 y uno de sus objetivos era saber si los pilotos de los aviones de combate, que ya alcanzaban alturas similares, podían eyectarse desde esa distancia y en las condiciones propias de la estratósfera. Como podrán ver en el video, desde el globo de helio en que ascendió Kittinger ya se podía apreciar la curvatura de la Tierra, y el planeta azul aparece en toda su dimensión y belleza.

Podemos tener una idea del valor de este capitán si consideramos que el ascenso hasta la altura indicada tardó una hora y media. En cambio, el descenso de este pionero del espacio debió tardar menos de 10 minutos pues alcanzó una velocidad máxima de 998 kilómetros por hora en caída libre.

En abril próximo, el austríaco Felix Baumgartner saltará desde 36.500 metros de altura, tratando de batir el récord impuesto por Kittinger. Creo que es una hazaña para no perdérsela. Ojalá la transmitan por televisión, aunque me hiela la sangre el sólo imaginar un hombre mirando el planeta desde el espacio y lanzarse al vacío dando un simple paso.

Por desquiciados y suicidas que parezcan los actos de hombres como estos, hechos de esta índole son los que abren el camino de la humanidad. Hay quienes siempre quieren dar un paso y avanzar un poco más... siempre un poco más...

lunes, 8 de febrero de 2010

Cultivar la huerta

Recuerdo las clases de Literatura Universal II en la universidad. Un profesor llegado de los salones de La Sorbona, amante del refinamiento y una estética extraña a nuestro mundo de mágicas tragedias, nos martillaba los lunes y los miércoles de 8 a 10 de la mañana con su desprecio por lo autóctono y sus exquisiteces aprendidas en sus madrugadas de tomar café con crema y comer un trozo de baguette. Inicialmente creí que era una patología traumática del maestro o una pose intelectualoide. Sin embargo, con el tiempo fui conociendo otros profesores de la misma procedencia y entendí que era una postura generalizada de los catedráticos que regresaban del país del champagne y los viñedos. En todo caso, yo cursaba el segundo semestre de mi carrera y más que las clases con muletillas en francés me robaban el corazón las caminatas por el Parkway al caer la tarde, evitando el tráfico de la carrera 30. Por aquellos tiempos añoraba la vida que me prometían la calle y la noche, por eso odiaba las teorías y los maquillajes formales que cubrían la academia. Tal vez fueran estas dos situaciones o mi vicio de leer autores contemporáneos lo que hicieron que al finalizar el semestre a duras penas pudiera pasar la materia con una nota modesta y cierto prejuicio por los clásicos franceses de los siglos XVII y XVIII. El único que salía bien librado a mis ojos era Moliére, gracias a su humor y la ligereza vital que se percibía en sus obras.

Pero como dijo Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis circunstancias”, y los eventos que mudan nuestra vida también se llevan caprichos de nuestra alma. Recientemente he reflexionado acerca de cuántos años de existencia gastamos en busca de aquello que queremos, menospreciando la posibilidad de obtener aquello que necesitamos. Y no hablo de necesidades básicas sino integrales. De algún modo intuitivo he considerado que muchos de nuestros anhelos son caprichos surgidos de nuestra ignorancia. Con todo esto sólo quiero decir que con los años he cambiado, o tal vez es más justo decir que la vida me ha enseñado. Y estando del otro lado de la cerca, ya no desde un pupitre sino al frente del tablero, tratando de que 30 almas jóvenes entendieran algo de los tiempos de la Ilustración, volví a dialogar con los neoclásicos franceses. Y así fue como Voltaire se me cruzó en el camino, en una época más madura.

Leí Cándido o el optimismo, de Voltarie, por un compromiso meramente académico. Abordé el libro sin muchas pretensiones y esperando no hallar nada más que un gran bostezo, producto del prejuicio que por años tuve con la literatura neoclásica. Siempre consideré este tipo de literatura como un conjunto de libros fríos, académicos, enormes y pesados pues los había conocido cuando prefería vibrar de emoción con los románticos del siglo XIX o los realistas sociales del XX. Sin embargo, me llevé una gran sorpresa al cerrar la última página de la obra de Voltaire. Finalizado el libro, me hablaba la voz de sus diferentes personajes, principalmente la de los dos filósofos que intentan influenciar al protagonista: Pangloss, el optimista y Martín, el pesimista.

El argumento de la novela es muy sencillo. Cándido es un joven que crece en un castillo de Westfalia y, bajo la tutoría del filósofo Pangloss, aprende que vive en el mejor de los mundos posibles y que todo en el universo marcha como debiera. Posteriormente, el joven es expulsado de su reino de cristal y enfrenta diferentes azares y adversidades, razón por la cual cuestiona las enseñanzas aprendidas. Ahí es donde aparece Martín, el pesimista. Este hombre considera que nada en el mundo vale la pena pues Dios ha entregado el mundo a algún ser maléfico. Según Martín, no hay nación que no busque la ruina de la otra ni familia que no quiera destrozar a sus vecinos. Y así transcurre la vida de Cándido: entre el optimismo inculcado, los azares vividos y el pesimismo cotidiano. Al final del libro, cansados de errar por el mundo y luchar contra la vida, los tres personajes encuentran un sabio turco, un campesino, quien les aconseja trabajar pues “el hombre no fue hecho para la holgazanería”, además, dice el sabio, el trabajo aleja tres grandes males del hombre: el aburrimiento, la necesidad y los vicios. Después de escuchar estas sabias palabras Cándido decide comprar un terreno y cultivar su propia huerta. Al final de libro, los filósofos siguen razonando, buscando razones para el mundo terrenal y el ultraterrenal, a lo cual Cándido responde respetuoso: “Eso está muy bien” –dice cuando Pangloss comienza a filosofar sobre el origen del trabajo –“pero debemos cultivar nuestra huerta”.


Este libro sencillo y sus consideraciones sin adornos me calaron muy hondo, después de tantos años en que, como Cándido, vagué por las incertidumbres y viví escuchando el optimismo por un oído y el pesimismo por el otro. Dentro del conocimiento intuitivo que adopté desde hace cierto tiempo, algunas sabidurías son confirmadas. Eso me ocurrió con la idea del trabajo -que no el empleo-: desde hace algunos años comencé a considerar que el amor al trabajo era una de las decisiones más sabias que podía tener el hombre. En la vida todo puede fallar: familia, pareja, amigos, “Dios”…. pero el trabajo invariablemente siempre da sus frutos. La razón es muy sencilla, la ley universal de causa y efecto, o la ley espiritual de la siembra y la cosecha.

Como quiera verse, desde el punto de vista científico (ley de causa y efecto) o desde la perspectiva bíblica (“todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”), el amor al acto de la siembra, es un noble sentimiento que acarrea altas recompensas. Lamentablemente en el mundo productivo mucha gente no ha discernido lo suficiente para encontrar la diferencia entre el empleo y ese acto de sembrar llamado trabajo. Si bien, es inevitable para la mayoría de nosotros depender de un empleo, también es cierto que se nos hace necesario trabajar en nuestra propia huerta, sembrando los árboles que queremos ver florecer en nuestra vida.

De hecho, la lógica metafórica es esa: la huerta es nuestra existencia y nuestros actos son semillas. No importa si nuestro terreno es una empinada cuesta o una plácida llanura, nuestra responsabilidad es sembrar y cultivar la huerta. En lo que a mí se refiere, necesité 36 años de vida y muchas caídas desde el asno, camino a mi Damasco personal, para comprender palabras que están escritas desde hace milenios: “todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. Soy un Saulo en camino de llamarme Pablo, y espero ser tan humilde y sensato como ese gran hombre. No reniego de mi ruta, el sendero de aquellos que nacimos sin una semilla de mostaza en nuestras manos está lleno de piedras y tropiezos. Lo importante ahora es saber caminar derecho, guiado por esa fe que ocasionalmente prefiero llamar intuición para limarla de asperezas religiosas. En la plenitud de mis 30 ya despunta el horizonte de los 40, y no es el peso de la edad en números sino la claridad que me ha otorgado una vida de experiencia la que me induce a cultivar mi propia huerta.

lunes, 24 de agosto de 2009

La verdadera paz

Muchas veces me he puesto a pensar si mi posición frente a la vida es correcta o sólo es un error surgido de una mezcla de experiencias de todo índole. ¿Hasta qué punto lo que pienso y creo está mediado por el prejuicio? Khalil Gibrán decía que sólo se es libre cuando deja de hablarse de la libertad como una meta. En este sentido, la libertad no es un horizonte hacia el cual debemos caminar sino precisamente ese sentimiento y esa actitud con la que caminamos. ¿Mi vida va hacia la libertad o vivo libremente? ¿Quiero ser o realmente soy? Dilucidar una respuesta para la eterna e inconclusa pregunta de qué es el ser humano y cuál es su meta fue un dilema que abandoné hace tiempo, acomodado y apaciguado bajo un cielo individual que me decía que me bastaba con aceptarme a mí mismo y afirmarme en el conocimiento de lo que sé que soy, complementado con la intuición de lo que creo ser. No quiero caer en juicios morales ni maniqueos pero debo decir que es una buena posición. Esa mezcla de razón, intuición, experiencia y conocimiento me brinda tranquilidad y me aclara el paisaje que camino. No importa si es una turbia noche o un día soleado, el sentido de aceptación de mí mismo me hace marchar con la cabeza en alto y el pecho despejado.

Sin embargo, dada mi naturaleza inconforme y tal vez ayudado por una de de esas paradojas que habitan al ser humano, encuentro que mi aceptación personal corre el riesgo de volverse sólo una impostura. El sentido de querer más, de buscar más, la certeza de que la belleza de la vida no está en sólo en encontrar oasis temporales en el camino sino también en el hecho de nunca detenerse -nunca dejar de sentir, nunca dejar buscar la plenitud humana en distintos espacios y momentos-, es una fascinación que se va volviendo esquiva en el proceso de construir un vivero para que habite mi auto aceptación. No es tan difícil crear las condiciones para encontrarnos a nosotros mismos y querernos como somos, basta alejar algunas cosas y escucharnos, basta distanciar algunas personas y con ellas se marchan los conflictos. Pero, como han dicho muchos, la paz es mucho más que la ausencia de la guerra: es fácil ser bueno cuando todo está bien y ser generoso en la abundancia. En esta medida, dado que el universo jamás se detiene ni se detendrá, la existencia del ser humano estaría condenada a bondades temporales seguidas por actos justificados de barbarie. Esta sería sólo una repetición del modelo histórico que hemos construido: a una guerra prosigue un periodo de calma suficiente para rearmarse e iniciar otras batallas. Y de algún modo habría que reconocer que esta dinámica humana está acorde con la existencia científica del universo. Todo el tiempo hay estrellas que mueren y otras que nacen, galaxias que colapsan y otras que se forman. Por eso, considero que el referente del hombre histórico –aquel que batalla contra el monstruo de turno que se cruza en su camino- es el mejor que se puede tener.

Pero no siempre mis pies están posados sobre el suelo y mi corazón en vuelo me pide despegar mi cuerpo de la tierra; no es sensato pero es humano. Y según la intuición con la que vivo, estos despliegues de sueños me acercan a la trascendencia y me prometen el retorno a un hogar universal, en estrellas más lejanas que las explicadas por los astrónomos. En confusas sensaciones y en imágenes de niebla, algunas mañanas atrás desperté, más que con la idea, con el sentimiento que un grandísimo hombre –un gigante en todos los sentidos- expresó con una sencilla oración hace casi un par de milenios. “Mi paz os dejo, mi paz os doy, yo no os la doy como el mundo la da”. La búsqueda de una paz que vaya más allá de necesidades humanas satisfechas o en reposo, el deseo de vibrar en armonía con todo aquello que veo y que no veo, y sentir satisfacción en algún rincón de mi ser trascendente son anhelos que comienzan a marcar el sendero que quiero recorrer en los años que me quedan en la Tierra. Hoy tengo el recuerdo de épocas de búsquedas teológicas y se me hace necesario superar los venenos religiosos y sus sesgos doctrinarios. Si logro filtrar credos y astutas palabrerías a las que la ignorancia erigió altares, me encuentro frente a frente en el espejo con un devoto sin Dios, un creyente que no tiene en qué creer pero que intuye que hay algo -o alguien- en quien se puede confiar. Estas sensaciones y recuerdos son las que me hacen desear esa paz que no es de este mundo y cuyo rastro sólo lograré mediante el desalojo de mi cómoda tranquilidad personal impostada de paz interior. Debo reconocer que disfruto del maquillaje pacífico que brilla en mi vida, y no es el tedio ni el vacío el que hoy me hace caminar. De algún modo que aún no comprendo totalmente diría que por fin ahora puedo iniciar una búsqueda respetable y establecer relaciones no surgidas de la necesidad. Por fin puedo edificar algo digno, surgido de la voluntad y no de la urgencia de superar dificultades. Me complazco en mí mismo en medio de mi paz terrena, pero quiero superar esa complacencia. Un camino más allá del derrotero que transito; un sol más brillante, oculto tras el sol que ya me alumbra; un cielo más azul y más apacible –cielo, a su vez, de ese cielo que soñamos- me llaman con sonidos que me vibran en el corazón. Por ahora, el inicio del sendero que me llevará hacia esa verdadera paz es un solo una frase que hace semanas me persigue en medio de las nostalgias intermitentes que llegan sin aviso: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis reposo para vuestras almas”. Sé que el camino está dentro de mí.

domingo, 8 de marzo de 2009

Un horizonte que comienza en tu jardín

Hace 25 años esta hermosa canción del compositor y cantante chileno Fernando Ubiergo ganó el Festival OTI, celebrado en México. Al parecer estuvo inspirada en la guerra fría, ese permanente y amenazador mostrar de dientes que mantenían las dos superpotencias de entonces: USA y URSS. Creo que pocas canciones como esta logran transmitir una sensación o un pensamiento que conjuga todos los amores que puede experimentar el ser humano. Desde el amor filho (el familiar), pasando por el amor eros (entre un hombre y una mujer) hasta vislumbrar ese amor ágape (el amor universal) que tanta falta hace en este mundo, la canción plantea las preguntas y proyecta las imágenes de vida que tuvimos muchos de los que nacimos en la década de los 70´s. Mezcla de diferentes preocupaciones y circunstancias que conformaron el contexto histórico de los años 80, esta canción me recuerda eventos sociales y lejanos pero también experiencias personales. Me gustó mucho desde niño pero estuvo extraviada por años en el cajón de la vida en que olvidamos tantos bellos recuerdos. Hace algunos meses la encontré de nuevo y, según los días o las épocas, no dejo de elevarme en sentimientos cuando palpitan en el aire algunas de sus frases: "...siento que existe un horizonte que comienza en tu jardín..."

Hace más de dos décadas que escuché esta canción por primera vez, y el tiempo y la experiencia han confirmado algunas de sus voces sentenciosas ("...unos arriba, otros abajo, nadie quiere la mitad...") Sin embargo, a mediados de mi treintañez hay preguntas de la canción que alguna vez fueron sólo un verso para cantar en una sala confortable, pero que ahora constituyen acertijos universales con los que me levanto algunos lunes lluviosos o dudas con que interrogo a la noche sabatina. Hay preguntas cuyas respuestas escapan a la comprensión humana: "¿por qué la noche se hace corta cuando aún quiero soñar?"

El nombre de la canción es Agualuna, espero la disfruten.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Otro tiempo vendrá distinto a éste

Desde hace un tiempo he decidido vivir en la ignorancia de la inmediatez. Cansado de ser un voraz consumidor de información de último momento, yo era uno de los que corría al televisor tan pronto como resonaba en la habitación la alarma que anunciaba noticias importantes y de última hora del noticiero de alguno de los canales privados de mi país. Instruido en una época que amaestraba a los ciudadanos bajo la falsa promesa de la educación como puente hacia mejores condiciones de vida y cercanía de los sueños, también creí en el espejismo de los datos y el conocimiento aparente. Y bien lo dijo Walter Benjamin, lo valioso de la información es la novedad. Por eso no es de extrañar que esta generación viva bajo algunos estigmas propios de una era de sobre abundancia de información: una memoria vacía y una adicción a todo lo que sea nuevo, no importa si absurdo. Como nunca he sido hombre de modas, -no me importa si Shakira compró casa, o si Britney Spears cambió de esposo, ni tampoco si a la beldad de la telenovela del momento se le cayó el tacón de su zapato-, y como a los noticieros colombianos les pasó lo del pastorcito mentiroso, a quien a fuerza de anunciar a gritos una mentira nadie volvió a creerle aunque dijera una verdad evidente, decidí delegar en mis conciudadanos la tácita pero meritoria tarea de seleccionar, entre retazos de farándula y goles dominicales, las noticias dignas de recuerdo y discusión. No son muchas en esta época, sobre todo porque a ellos mismos les llega el material ya seleccionado por la autocensura de los medios que buscan crear la sensación de que Colombia es un paraíso artificial donde existe un gobierno que imparte una justicia más sabia que la del propio rey Salomón y lucha contra la pobreza con más denuedo que Chris Gardner. En todo caso, mis conciudadanos cumplen muy bien su tarea y yo me ahorro tiempo: lo verdaderamente importante siempre termina siendo comentario de pasillo, chisme de salón, consuelo lingüístico para soportar el tráfico de la tarde…. Aunque también es necesario decir que en ocasiones me he visto socorrido por algún periodista honesto o con arrebatos de profesionalismo. Así fue como pude mirar más allá de la perspectiva masiva y comprender que la noticia de un niño, a quien su propio padre ordenó asesinar, fue la rastrera estrategia con que el gobierno colombiano intentó encubrir para la memoria la noticia de trece jóvenes de Soacha asesinados por soldados del Ejército de Colombia. La excusa era que estaban en combate pero ya se demostró que esto es falso. Y como los colombianos gustamos de introducir a nuestra lengua eufemismos para referirnos a los trágicos momentos de la historia, en el argot popular y de los medios esta bajeza militar se conoce como falsos positivos. No han sido los primeros pero tampoco serán los últimos en tanto que el Mesías que nos gobierna haya culminado su tarea de desahogar su resentimiento personal, aprovechando el trono que la ignorancia y el egoísmo le han construido.

Me he ido lejos en la disertación pero por alguna razón no he podido evitarlo. Todo delincuente tiene en su vida un momento de honradez, y aunque yo considero que un blog es algo así como un diario personal de aquello que puede hacerse público, tal vez hoy tuve un arrebato de sentido social, algo que desde hace años, al comprobar lo dolorosa que es la ingratitud humana, me he negado a tener. Pero siempre he tratado de ser coherente con lo que pienso, incluso con mis convicciones egoístas. Por eso es necesario aclarar que toda esta reflexión –o justificación- sobre mi permanente desinformación, no tiene otro propósito que expresar la sorpresa que sentí hoy, casi acabando el año, al enterarme a través de otro blog que el magnífico poeta español Ángel González murió el 12 de enero del presente. Viví 11 meses en la ignorancia, y aunque no siento vergüenza literaria por ello, sí me estremece pensar que no me hubiera dado cuenta que en todo este año, en el mundo, faltaba una voz que me alimentaba el alma. A veces mucha cosas confluyen en la vida y muchas historias se cruzan para que alguien pueda escribir una sola línea. Y siendo fiel a esta idea, quiero rendir un pequeño homenaje al desaparecido poeta español y rememorar un hermoso poema suyo, cuyo primer verso, en la confluencia del azar, puede ser una promesa de mejores vientos para el destino de la gente corriente de mi generación:


Otro tiempo vendrá distinto a éste.
Y alguien dirá
«Hablaste mal. Debiste haber contado
otras historias:
violines estirándose indolentes
en una noche densa de perfumes,
bellas palabras calificativas
para expresar amor ilimitado,
amor al fin sobre las cosas
todas».
Pero hoy,
cuando es la luz del alba
como la espuma sucia
de un día anticipadamente inútil,
estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí: por lo que muero.

Otro tiempo vendrá distinto a éste. Ángel González

lunes, 1 de diciembre de 2008

Días idénticos a nubes

Lluvias torrenciales y soles feroces se han cernido sobre esta desamparada porción de tierra andina. Acciones humanas que evidencian una codicia sin límites ni explicación han convulsionado nuestros corazones y el entorno tangible y social en el que la solidaridad es sólo una palabra de diccionario. Inundaciones y estafas, sequías y hombres muertos por obra de su hermano planetario, clima ilógico y acciones humanas sin sentido. Todo esto han sido las líneas que dibujan el panorama de nuestro reciente tiempo. Y desde allí, desde lo externo natural pero también desde la realidad fabricada por el hombre según sus ambiciones, busqué justificar las sensaciones mudables que vagaban por las tardes de estas semanas y estos días. También admití la posibilidad de que es simplemente el carácter variable de la existencia terrena la que nos sumerge en días tan cambiantes que muchas veces las horas de ayer parecen lejanísimos recuerdos de una vida forastera, cuyas memorias llegan a nosotros como un accidente metafísico. Y ni hablar de los sentimientos que provoca el mañana incierto. Y cuando digo mañana no hablo del futuro sino de las horas que siguen a los instantes dormidos de esta luna.

Los días cambiantes de la adolescencia ya fueron cantados por Cernuda, esculpidos maravillosamente en un poema que inicia con un hermoso verso (“Adolescente fui / en días idénticos a nubes”) Sin embargo, la marcha del mundo, y acaso la del universo, ha contribuido a aniquilar la posibilidad de una constancia o permanencia de días transparentes. Cuando se va la adolescencia en nuestras vidas, muchos creen que con ella se alejan los días móviles, las horas que empujamos con la impaciencia de nuestra sangre y la pulsión de unos sentidos tan jóvenes que ansían devorar el mundo. Muchísimas noches del pasado creí que en el misterio de la madrugada estaba oculto el secreto de la vida, y entonces me embriagué en bares y caminé peligrosamente por calles que guardaban historias y enigmas sólo captables por intuición, nunca por entendimiento. También pensé que la vida podía hablarme a través del aire crepuscular, gastando pasos por la ciudad en aquellos momentos en que la prisa de la mayoría de personas no les permitía percibir una esencia que se filtraba por entre el ruido de motores y se alejaba hacia las esquinas de barrios populares y parques poco concurridos. Pero lo profundo de la nocturnidad y de la ligereza de la tarde fue desapareciendo con el tiempo bajo una sombra de sensatez que primero se colaba por las experiencias, modificando mi pensamiento, y luego se metió por las ventanas de las casas donde he vivido y me sumió en el sopor de la prudencia, haciéndome cerrar las puertas a la calle en horas mucho más tempranas que cuando era adolescente.

Con este breve recuento sólo quiero recordar que la adolescencia me llevaba a proyectar horizontes y no importaban los prejuicios. La vida era un inmenso camino que invitaba a recorrerlo, pero muchas veces tenía más emoción transitar por trochas paralelas. Sin embargo, luego vino la adultez y trajo consigo muchas máscaras: la cobardía disfrazada de prudencia, la madurez que oculta una pereza existencial, el prejuicio que se viste de actitud radical. Pero la vida es un río y siempre marcha. Por eso, sin pensarlo, las semanas –tal vez los meses- anteriores me han envuelto en días cambiantes, en horas de catarata que me hicieron dimensionar vivencias, tiempos y distancias. Esperas como nubes dormidas en un cielo detenido; incertidumbres negras cargadas de latidos fuertes del corazón; cambios precipitados e imprevistos que rugieron como truenos; vacilaciones leves como lloviznas pasajeras en una mañana de sábado; pero también brumas diáfanas que estaban allí solamente para suavizar un sol que me calentaba el alma; deseos pasajeros y móviles; sueños que volaban como un rebaño de algodón cósmico que me hizo –y me hace- mirar hacia otras latitudes donde me esperan otros domingos y otros vientos….. Todo eso viví en pocas semanas…... Y si bien, mi adolescencia terrenal está lejana, pérdida en una distancia que ya comienza a medirse por décadas, recientemente he vivido días idénticos a nubes. Y la voz de ese universo que me habla, me dice que esos instantes profundos sólo vislumbran su infinitud desde la adolescencia universal, desde ese eterno periodo de tiempo que, a su vez, es parte de una eternidad mayor; etapa de una existencia que inició antes de mi nacimiento y se prolonga, y continuará prolongándose -gracias a esa materia invisible que habita el comos y compone nuestra alma-, más allá de los pulsares, de las galaxias lejanas, del tiempo plano y el espacio curvo que ni científicos ni místicos han logrado descifrar.


jueves, 17 de julio de 2008

Manantial de corazón

Sencillamente hay días así. Hay mañanas de una resaca desconocida en que, como dice esta canción de Yordano,

"me miro en el espejo y veo a un hombre joven
cuando en realidad me siento como de cien años..."

sin mayores explicaciones, hoy parece ser uno de esos días.

domingo, 13 de julio de 2008

Leaving Las Vegas

La razón nunca llega a saberse pero se sospecha de una gran desilusión, lo cierto es que Ben Sanderson, el protagonista de Leaving Las Vegas, decide que ha de morir por su propia voluntad. Para ello, vende todo lo que tiene y viaja a la ciudad de Las Vegas con ese único fin. No me interesa explicar porqué me gusta la película, ni siquiera lo entiendo en realidad, a no ser por alguna de esas intuiciones con las que es delicioso –y muchas veces necesario- vivir. Sin embargo, sí es claro que admiro la descomunal autodeterminación del personaje: decide acabar con su vida a paso lento y bebiendo gota a gota cada sorbo de licor y desesperación. Vivir la vida en su intensidad a veces denota un grado de autodestrucción; es obvio que la intensidad no ha de confundirse con la plenitud. A esta conclusión se puede llegar si se considera que John O´Brien, autor del libro que dio pie a la película, tomó el mismo rumbo del personaje de su obra y decidió quitarse la vida sólo dos semanas después de firmar el contrato con que autorizaba la película. Sanderson y O´Brien, un personaje de ficción y un hombre real, dos seres con la misma naturaleza que llevan al extremo el sentimiento de dignidad frente a una desilusión.

Es una lástima que sea tan difícil conseguir el libro. Sin embargo, tuve la fortuna que una entrañable amiga me lo regalara. Ese agradecimiento quedara por siempre. Aunque la película me parece excelente, como suele ocurrir, el libro es mejor que la película. Es una historia más completa, salpicada con frases llenas de una sabiduría desoladora.

Un complemento fuerte de la película es la ambientación que logra la canción Angel Eyes, de Sting. Su música y su letra realmente transmiten el sentimiento de la película. Aquí va un buen trailer de la película y dos estrofas de la canción.

Have you ever had the feeling
That the world's gone and left you behind
Have you ever had the feeling
That you're that close to losing your mind

(Alguna vez tuviste la sensación
de que el mundo se ha ido
y te ha dejado atrás .
Alguna vez tuviste la sensación
de que estás así de cerca de perder tu cabeza )

You look around each corner
Hoping that she's there
You try to play it cool perhaps
Pretend that you don't care...

(Miras alrededor en cada esquina
esperando que ella esté allí.
Tratas de no emocionarte, talvez
pretender que no te importa ...)

Angel Eyes. Sting

domingo, 22 de junio de 2008

El lado oscuro de nosotros mismos

Tal vez sean los días lluviosos, los domingos cercados por las nubes que se cierran sobre los cerros orientales de Bogotá, y entonces cuando miro hacia el cielo me siento dentro de una bóveda brumosa que aprisiona el cuerpo y el ánimo. Debe ser un sentimiento colectivo porque cuando llamo algún conocido resulta que se queja de las tardes opacas y de cierta desesperanza. En mis reflexiones ya he transitado por la culpa que recae en la época, en el país, en la edad, en una educación que nos prepara para que una vida que no es…. En realidad hay momentos en que no importan las causas y, cuando es mucha la desesperanza, ni siquiera importa la salida. Hace unos años un farsante metafísico –de esos que mueve masas a punta de tocar emociones- me dijo unas palabras muy ciertas: “Tiene que sacar petróleo del desierto”. Quienes vivimos en países tercermundistas estamos acostumbrados a hacerlo, y tal vez no nos damos cuenta. Sin embargo, estos días de lluvia, -también de un mesías infalible rigiendo nuestros destinos desde un barrio colonial, de medios de comunicación que mienten y engañan para sostener al mesías, de verdades que duran veinticuatro horas, y de guías espirituales que llenan sus bolsillos y cuentas bancarias gracias al desespero de la masa-, es conveniente recordar nuestra habilidad de sobrevivir los áridos desiertos de los días y la vida. Suena paradójico que una época de lluvias nos sumerja en un desierto, pero es que la tristeza tiene muchos nombres. Para mí, no vale la pena buscar causas, y la ciencia aún no ha encontrado la forma de cambiar controladamente el clima del planeta, salvo el infortunio del calentamiento global en que vivimos. Hoy es domingo y llueve, y por eso preferí quedarme la tarde en el apartamento tomando un café mientras nostalgiaba un rato. Entonces me encontré estas escenas-poemas de El lado oscuro del corazón, una película que me gustó muchísimo en la época en que mi corazón buscaba tanto. Hoy sigue buscando pero de una forma más madura. Cuando miro la vida desde arriba, en el mapa de mi existencia, la búsqueda se confunde con la espera.

El primer poema es de Oliverio Girondo y pertenece al libro Veinte poemas para ser leídos en el tranvía. No tiene título pero siempre lo identifican como “Llorar a lágrima viva”. Las palabras sobran porque Eliseo Subiela supo colocarle imagen para hacerlo más memorable, al menos para todos aquellos de mi generación que nos identificamos con la película.

El segundo poema se titula Rostro de vos, y su autor es Mario Benedetti, quien, por cierto, aparece en varias escenas de la película. No hace falta saber mucho de poesía para identificarse con los versos, hablan de la gran nostalgia que se siente cuando algo inmenso se nos ha ido. Hay lutos muy largos y expansibles: todo lo impregnan y después no es fácil retomar algunas cosas sin sentirlo. Pensándolo bien, el luto sólo es una visita a nuestro propio lado oscuro.

El tercer poema, No te salves, también de Mario Benedetti, alude a esa pasión que quiséramos encontrar en la pareja. Una pasión que compromete al ser humano con la vida, en su integridad y plenitud. Es una visión que nutre el amor, más allá de los romances meramente lúdicos y carentes de compromiso que predominan en nuestro tiempo.

Espero que disfruten los poemas-escenas. Creo que valen la pena por la literatura, por el cine, por la lluvia o la nostalgia.

viernes, 20 de junio de 2008

El hombre universal

“Busqué grandes hombres
Y sólo encontré lacayos de sus ideas.”
Fiedrich Nietzsche


Leí la frase de Nietzsche en un libro titulado “De Munich a Austwichz”, y el autor la colocaba como epígrafe para entrar a criticar a Hitler en cuanto a los millones de muertos que hubo tras la búsqueda de un ideal. El fundamentalismo, el fanatismo, un misticismo mal llevado, ese falso humanismo llamado modernidad que en realidad no es otra cosa que la entronización de una razón instrumental, se han constituido espejismos de la sociedad contemporánea. Lamentablemente hay cierta americanización de la vida que nos está alcanzando. El mismo Woody Allen decía que para los gringos historia era todo aquello que había ocurrido siete años antes. Ese inmediatismo nos está matando. Ese desconocimiento de la historia, y la no vinculación a ella nos está convirtiendo en una gran masa que perece resignadamente, indigesta de pequeñas alegrías o efímeros placeres. Lo único que trasciende es la tecnología, magia racional que nos deslumbra. Lo invisible perdió valor en un mundo tan práctico y productivo.

Sin embargo, en medio de la ignorancia de la gran masa, lo invisible es un producto que lucra a unos cuantos. El fundamentalismo sirve para el negocio de la guerra, el fanatismo para el negocio de la religión, y el misticismo mal llevado se convierte en una máscara del rencor contra el mundo. Los grandes hombres desaparecieron, aplastados por la catarata de traumas con que la psicología –seudociencia de nuestra época- ha intentado explicar cualquier comportamiento que se sale de la gran masa. Los locos hacen falta pero la sociedad no los soporta, lo mismo pasa con los ancianos y su sabiduría. Pero hasta los locos se convirtieron en un artículo de farándula.

Haría falta inventar un lenguaje que nos salvara de la locura ramplona de los “artistas” de farándula, del éxito restringido solamente a lo económico, de la espiritualidad reducida a un lenguaje bíblico o a una tradición vacía, de un amor comprado en el burdel de las comodidades y la vanidad. “Busqué grandes hombres…” escribió Nietzsche, y se refería a los hombres universales, aquellos que entendieron que la naturaleza de ser hombre no se escondía tras una terquedad machista y brutal sino tras la humildad del cambio, tras el aprendizaje y la asimilación de un universo que es más grande que nosotros.

Uno de los personajes más grandes que conozco es Pablo de Tarso, siempre he admirado su entrega a una causa en que creía –yo no creo en ella, soy escéptico- pero eso no le resta valor a un hombre verdadero, hombre por hacer valer su corazón. No sé en qué momento de la historia, el corazón del hombre dejó de ser el motor para buscar la grandeza de la vida, y se convirtió en la excusa donde habitan los miedos y el dolor, algo así como un miembro enfermo que ralentiza el cuerpo. Grandes hombres faltan, seres dispuestos a reconocer que vivimos llenos de errores, que nuestro ego debe ser sacrificado en honor de la verdad, del aprender, del crecer. Pablo perseguía cristianos, los martirizaba creyendo en su corazón que hacía lo correcto, sin embargo, cuando en el camino vio su equivocación, dio media vuelta y su corazón siguió con él. Y no fue una conveniencia, al contrario, fue una fatalidad para él. Lamentablemente, hoy en día nos acostumbramos a amar por favorabilidad, a aceptar verdades que nos convienen.

Faltan grandes hombres, falta la esencia del ser humano sobre la Tierra.

martes, 27 de mayo de 2008

Una cita con el destino

Uno de los cuentos más bellos que he leído se titula Hoy y la alegría, su autor es Mario Benedetti, quien se conoce más por su poesía. Sin embargo, mucha gente se ha perdido la faceta realmente grandiosa que tiene este escritor uruguayo: su narrativa. En Hoy y la alegría, un personaje relata un día en que tiene una cita con el destino, y en esa cita, finalmente, y para siempre, ha de cerrar un capítulo inacabado de su historia. Al inicio del cuento, el personaje tiene un despertar de esos que ocurren pocas veces en la vida, pero que logran concentrar en un instante todos los momentos vividos y todos los yos que alguna vez fuimos. Algo así como un amanecer en donde somos concientes del hilo invisible que atraviesa cada una de nuestras experiencias y las proyecta hacia un futuro que no nos es dado decidir o conocer anticipadamente.

El cuento me gustó desde la primera vez que lo leí, y lo he releído muchas veces. Por estos tiempos, me recuerda una época en que, al igual que el personaje, salía a caminar las calles de la ciudad y me internaba por barrios que no conocía o me detenía en parques que no eran míos, buscando esa cita que presentía o creía tener con el destino. Por supuesto, el destino que buscaba nunca llegó. Y mi vida transcurrió en el anonimato trascendente, propio de los soñadores.

A veces extraño ese vagabundeo justificado, sobre todo en momentos en que la treintañez ha hecho su efecto y la sociedad no me perdona la edad y yo mismo me exijo ser más productivo. Entonces recuerdo lo que me dijo un vidente callejero que leía el tarot en una carpa de la Plazoleta el Rosario, en una de las tantas ferias: -“Debe volver a confiar en el destino”-. Soy un hombre muy escéptico y creo poco en la fortuna y en las barajas, de hecho al nigromante le pagó un amigo. Sin embargo, me gustó la idea de volver a confiar en ese destino que tantos plantonazos me dio en el pasado. Y me gusta ahora, no sólo porque esas palabras llegaron en tiempos en que eran ciertas, sino también porque hay frases y palabras que calan en el alma. Eso es algo que también hace el cuento de Benedetti, cada vez que lo leo y lo releo. Por eso hoy, un día en que, al igual que el personaje, estoy dispuesto a que algo extraordinario me purifique, quiero compartirles este fragmento de lo más bello que tiene el autor uruguayo, y la literatura en general. Espero que lo lean y lo disfruten mientras yo sigo intentando robarme energía para alimentar pasiones, y tiempo y recursos para salir de nuevo a caminar –pero esta vez por la ciudad global- y buscar ese destino que me espera en alguna esquina de la vida. Esta vez, espero que me cumpla.

"Poco importaba que no fuera domingo ni primavera. Igual me sentía dispuesto a que algo extraordinario me purificase. En realidad, son pocos los días en que uno puede sentirse anticipadamente alegre, alegre sin ruedas de café ni cantos nauseabundos a la madrugada, ni esa pegajosa, inconsciente tontería que antes y después nos parece imposible; alegre de veras, es decir, casi triste.

Usted no podía saber que hoy, recién despierto, yo había admirado el lago de cielo -nacido, durante mi sueño, en la ventana abierta- que rozaba el pelo rubio de mi mujer. De mi mujer silenciosa, encuadrada en su costumbre, a los pies de la cama. Logré descubrirle, a pesar del contraluz, cuatro o cinco gestos, cuatro o cinco expresiones nuevas, tan sorpresivas, que me hicieron sonreír. No dijo nada, pero su silencio no alcanzó a incomodarme. Simplemente me pareció tonto explicarle que recién hoy había advertido un pasaje inédito de su rostro de siempre. Ni siquiera estaba seguro de no haberlo inventado.

Luego, entraron mis hijas. Entonces todos hablamos y en especial Laurita. En vez de mirarlas directamente, yo acechaba la enorme moña azul que devolvía el espejo, y en la imagen total de mi hija, con los brazos caídos a lo largo del delantal y su cabecita fluctuante entre síes y noes, me parecía reconocer algún delicioso títere que yo pudiera mover con mis preguntas, invisibles como hilos.

Me dejaron solo. La cama de dos plazas, la habitación entera para mí. Podía estirarme, separando las piernas al máximo, o juntarlas y abrir los brazos como un crucificado. En la pared, sobre la reproducción de una Madonna de Rafael, dos manchas de humedad se unían y formaban un simpático monstruo. Pero mirándolo con un solo ojo, era únicamente el tío de Aníbal, es decir, otra suerte de monstruo, con papada fláccida y oscilante. Probé a quedarme sin ojos y el cielo me llegó entonces en puntos luminosos e intermitentes. Cuando de nuevo los abrí, la luz se pobló de islas oscuras que estallaban y desaparecían.

Usted no podía saber nada de este hedonismo, de este momentáneo desajuste, de esta tonta sorpresa. Pero mis días transparentes siempre se ayudan con un retorno a mi niñez opaca, en la cual estos juegos míos con las cosas constituían la sola justificación del futuro, casi en el mismo grado que constituyen ahora la justificación única del pasado. Preciso esta conexión como un soporte. De vez en cuando necesito hallar esta soledad poblada, numerosa. Inevitablemente repercute en mi ser, diríase que me otorga identidad. Soy lo que soy y cuanto soy, de acuerdo a mis diferencias con ese patrón, con esa muestra. La comparación está dentro de mí como yo dentro de ella. El trayecto de mi identidad supone que he cambiado, pero la regularidad del cambio demuestra que soy el mismo. Acaso usted no halle en esto ninguna ansiedad verdaderamente promotora de alegría, pero yo sí la encuentro, más aún, la deseo. Por eso me gusta ser fiel a esa vinculación conmigo mismo, por eso me agrada cada uno de estos regresos a lo que ya no soy, justamente para alzarme desde ese pasado en desuso, desde esa plataforma casi absurda, hacia lo juiciosamente venidero"...

Hoy y la alegría. Mario Benedetti.

lunes, 26 de mayo de 2008

Concierto de Aranjuez - Adagio

En alguna parte leí que en cierta ocasión alguien le preguntó a Beethowen qué había querido decir con una de sus sinfonías, y el músico le había contestado: -"Si lo pudiera expresar con palabras no hubiera necesitado componer una sinfonía"-. No sé si esa anécdota sea un mito urbano de su tiempo (ya saben, "le ocurrió a un amigo de un amigo" o "alguien dijo que alguien dijo") En realidad, la traigo a cuento porque creo que lo mismo ocurre con Concierto de Aranjuez, es absurdo intentar llevarlo a las palabras. Cuando era muy joven tuve la primera referencia sobre esta pieza con la canción de Arjona ("También es mi primera vez / pondré el concierto de Aranjuez") Luego, conocí a un guitarrista clásico cuya vida estaba en decadencia -no su arte-, y entonces pude escuchar y valorar el concierto. Ahora, vivido ya un tiempo de profundas experiencias y vislumbrado un panorama donde mucha gente ha perdido la mística de su existencia, este tema de Joaquín Rodrigo se me hace cada vez más hermoso y más vital. Como escribió Bukowsky: "Los tontos crean su propio paraíso". Por eso hoy, y para no perder la estructura del lenguaje de los mitos urbanos, les comparto un fragmento de un fragmento de mi paraíso:

sábado, 24 de mayo de 2008

Noches blancas

Noches blancas es una novela corta, o un cuento largo, de uno de los grandes maestros de la literatura universal: Fedor Dostoievsky. Fue escrita en 1848 y la editorial Club Internacional del libro volvió a publicarla en 1997, junto con Nietoschka Niezvanova, en una bellísima colección, digna de los clásicos de la literatura.

En Noches blancas, con ese enorme conocimiento que parece haber adquirido sobre la naturaleza humana, como lo demuestra en novelas como El jugador o Crimen y Castigo, Dostoievsky reúne con maestría varios elementos muy sencillos para componer una obra que logra estremecer: un solitario soñador, una noche de domingo –descrita de forma universal-, una joven a la espera del amor prometido. Estos elementos son mezclados a lo largo de 39 páginas y combinando la narración con diálogos extensos, el escritor ruso logra crear una atmósfera cargada de un misticismo propio del protagonista -un soñador que algunos identifican con el propio Dostoievsky-, un romanticismo que hasta cierto punto logra engañar, y un impacto final devastador, desbordado en media página en que la naturaleza humana hace recordar la finitud de lo que se cree es infinito.

Es un libro que vale la pena leer, sobre todo para aquellos lectores a quienes la prisa de la vida, y la invasión del consumismo y la masificación, en la intimidad de sus hogares les hace difícil recordar lo que eran las noches de una época inocente.

Como siempre, un par de fragmentos valen más que mi propia interpretación:

"Hermosa era la noche, tal y como no puede menos de ser cuando somos jóvenes, amables lectores. El cielo estaba estrellado y tan claro, que, al contemplarle, uno no podía por menos que exclamar: "¿Es posible que, bajo tan bello dosel, vivan seres llenos de cólera y de veleidad?" La pregunta es ingenua, excesivamente ingenua, amables lectores; pero que !el Señor haga que salga a menudo de vuestras almas!... Y ahora que hablo de hombres veleidosos y corroídos por la envidia, examino mentalmente mi conducta durante la jornada de hoy. Desde bien temprano una extraña tristeza llena mi alma. Paréceme que todo el mundo me abandona, que todos huyen de mí."

....

“Hay un no sé qué de indefinible, de emocionante en la Naturaleza de San Petersburgo, en el momento en que estallan con toda su potencia los albores de la primavera, cuando resplandece por la belleza de su cielo y cuando sus flores brillan con toda su plenitud. Dijérase una de esas vírgenes enfermizas que contemplamos a veces con piedad, tal vez con amor, que en diversas ocasiones nos pasan desapercibida; pero que, de improvisto, encontramos tan bellas, que nos preguntamos llenos de admiración, estupefactos: “¿Qué fuerza es la que hace que esos ojos tristes y soñadores brillen con tal fuego? ¿Qué sentimiento llena su pecho? ¿Qué pasión embellece los rasgos finos de su rostro?” Miramos a su alrededor, buscamos a alguien, adivinamos… Y el instante se desvanece, y tal vez mañana veremos la misma mirada perdida y soñadora, el mismo rostro pálido, los rasgos de una tristeza mortal que llora con efímera pasión. Y nos afligimos porque esa breve belleza haya desaparecido para siempre, y lamentamos el no haber tenido si quiera el tiempo para amarla.”

Noches blancas. Fedor Dostoievsky
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