
Pero no siempre mis pies están posados sobre el suelo y mi corazón en vuelo me pide despegar mi cuerpo de la tierra; no es sensato pero es humano. Y según la intuición con la que vivo, estos despliegues de sueños me acercan a la trascendencia y me prometen el retorno a un hogar universal, en estrellas más lejanas que las explicadas por los astrónomos. En confusas sensaciones y en imágenes de niebla, algunas mañanas atrás desperté, más que con la idea, con el sentimiento que un grandísimo hombre –un gigante en todos los sentidos- expresó con una sencilla oración hace casi un par de milenios. “Mi paz os dejo, mi paz os doy, yo no os la doy como el mundo la da”. La búsqueda de una paz que vaya más allá de necesidades humanas satisfechas o en reposo, el deseo de vibrar en armonía con todo aquello que veo y que no veo, y sentir satisfacción en algún rincón de mi ser trascendente son anhelos que comienzan a marcar el sendero que quiero recorrer en los años que me quedan en la Tierra. Hoy tengo el recuerdo de épocas de búsquedas teológicas y se me hace necesario superar los venenos religiosos y sus sesgos doctrinarios. Si logro filtrar credos y astutas palabrerías a las que la ignorancia erigió altares, me encuentro frente a frente en el espejo con un devoto sin Dios, un creyente que no tiene en qué creer pero que intuye que hay algo -o alguien- en quien se puede confiar. Estas sensaciones y recuerdos son las que me hacen desear esa paz que no es de este mundo y cuyo rastro sólo lograré mediante el desalojo de mi cómoda tranquilidad personal impostada de paz interior. Debo reconocer que disfruto del maquillaje pacífico que brilla en mi vida, y no es el tedio ni el vacío el que hoy me hace caminar. De algún modo que aún no comprendo totalmente diría que por fin ahora puedo iniciar una búsqueda respetable y establecer relaciones no surgidas de la necesidad. Por fin puedo edificar algo digno, surgido de la voluntad y no de la urgencia de superar dificultades. Me complazco en mí mismo en medio de mi paz terrena, pero quiero superar esa complacencia. Un camino más allá del derrotero que transito; un sol más brillante, oculto tras el sol que ya me alumbra; un cielo más azul y más apacible –cielo, a su vez, de ese cielo que soñamos- me llaman con sonidos que me vibran en el corazón. Por ahora, el inicio del sendero que me llevará hacia esa verdadera paz es un solo una frase que hace semanas me persigue en medio de las nostalgias intermitentes que llegan sin aviso: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis reposo para vuestras almas”. Sé que el camino está dentro de mí.

