miércoles, 10 de marzo de 2010

Romance anónimo

Para los amantes de la guitarra clásica, dejo este video en el que el maestro español Narciso Yepes interpreta el bellísimo tema Romance Anónimo. Hace un tiempo pensaba que ese era el nombre verdadero de esta pieza, sin embargo, indagando por la red, encontré que la autoría de esta obra musical ha sido atribuida a diversos músicos de diferentes procedencias. Probablemente el verdadero nombre sea simplemente Romance, y anónimo sea el calificativo que recibe dado su origen desconocido. Sea como sea, es una hermosa obra y al ser interpretada por un guitarrista de la categoría de Yepes, esta lluvia de notas adquiere una grandeza absoluta. Por demás, el video en blanco y negro ayuda a transmitir ese sentimiento suave de la melodia, invitándonos a abrir todos los sentidos para disfrutarla.

jueves, 11 de febrero de 2010

Un salto desde el espacio

Tal vez sea debido a esa mezcla de encanto y temor que me inspiran las alturas que considero la hazaña que se observa en este video como una de las más grandes y osadas realizadas por hombre alguno. En el video se aprecia al Capitán de la Fuerza Aérea norteamericana Joseph W. Kittinger lanzándose desde la estratósfera, a una altura de 31.300 metros. El salto se realizó el 16 de agosto de 1960 y uno de sus objetivos era saber si los pilotos de los aviones de combate, que ya alcanzaban alturas similares, podían eyectarse desde esa distancia y en las condiciones propias de la estratósfera. Como podrán ver en el video, desde el globo de helio en que ascendió Kittinger ya se podía apreciar la curvatura de la Tierra, y el planeta azul aparece en toda su dimensión y belleza.

Podemos tener una idea del valor de este capitán si consideramos que el ascenso hasta la altura indicada tardó una hora y media. En cambio, el descenso de este pionero del espacio debió tardar menos de 10 minutos pues alcanzó una velocidad máxima de 998 kilómetros por hora en caída libre.

En abril próximo, el austríaco Felix Baumgartner saltará desde 36.500 metros de altura, tratando de batir el récord impuesto por Kittinger. Creo que es una hazaña para no perdérsela. Ojalá la transmitan por televisión, aunque me hiela la sangre el sólo imaginar un hombre mirando el planeta desde el espacio y lanzarse al vacío dando un simple paso.

Por desquiciados y suicidas que parezcan los actos de hombres como estos, hechos de esta índole son los que abren el camino de la humanidad. Hay quienes siempre quieren dar un paso y avanzar un poco más... siempre un poco más...

lunes, 8 de febrero de 2010

Cultivar la huerta

Recuerdo las clases de Literatura Universal II en la universidad. Un profesor llegado de los salones de La Sorbona, amante del refinamiento y una estética extraña a nuestro mundo de mágicas tragedias, nos martillaba los lunes y los miércoles de 8 a 10 de la mañana con su desprecio por lo autóctono y sus exquisiteces aprendidas en sus madrugadas de tomar café con crema y comer un trozo de baguette. Inicialmente creí que era una patología traumática del maestro o una pose intelectualoide. Sin embargo, con el tiempo fui conociendo otros profesores de la misma procedencia y entendí que era una postura generalizada de los catedráticos que regresaban del país del champagne y los viñedos. En todo caso, yo cursaba el segundo semestre de mi carrera y más que las clases con muletillas en francés me robaban el corazón las caminatas por el Parkway al caer la tarde, evitando el tráfico de la carrera 30. Por aquellos tiempos añoraba la vida que me prometían la calle y la noche, por eso odiaba las teorías y los maquillajes formales que cubrían la academia. Tal vez fueran estas dos situaciones o mi vicio de leer autores contemporáneos lo que hicieron que al finalizar el semestre a duras penas pudiera pasar la materia con una nota modesta y cierto prejuicio por los clásicos franceses de los siglos XVII y XVIII. El único que salía bien librado a mis ojos era Moliére, gracias a su humor y la ligereza vital que se percibía en sus obras.

Pero como dijo Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis circunstancias”, y los eventos que mudan nuestra vida también se llevan caprichos de nuestra alma. Recientemente he reflexionado acerca de cuántos años de existencia gastamos en busca de aquello que queremos, menospreciando la posibilidad de obtener aquello que necesitamos. Y no hablo de necesidades básicas sino integrales. De algún modo intuitivo he considerado que muchos de nuestros anhelos son caprichos surgidos de nuestra ignorancia. Con todo esto sólo quiero decir que con los años he cambiado, o tal vez es más justo decir que la vida me ha enseñado. Y estando del otro lado de la cerca, ya no desde un pupitre sino al frente del tablero, tratando de que 30 almas jóvenes entendieran algo de los tiempos de la Ilustración, volví a dialogar con los neoclásicos franceses. Y así fue como Voltaire se me cruzó en el camino, en una época más madura.

Leí Cándido o el optimismo, de Voltarie, por un compromiso meramente académico. Abordé el libro sin muchas pretensiones y esperando no hallar nada más que un gran bostezo, producto del prejuicio que por años tuve con la literatura neoclásica. Siempre consideré este tipo de literatura como un conjunto de libros fríos, académicos, enormes y pesados pues los había conocido cuando prefería vibrar de emoción con los románticos del siglo XIX o los realistas sociales del XX. Sin embargo, me llevé una gran sorpresa al cerrar la última página de la obra de Voltaire. Finalizado el libro, me hablaba la voz de sus diferentes personajes, principalmente la de los dos filósofos que intentan influenciar al protagonista: Pangloss, el optimista y Martín, el pesimista.

El argumento de la novela es muy sencillo. Cándido es un joven que crece en un castillo de Westfalia y, bajo la tutoría del filósofo Pangloss, aprende que vive en el mejor de los mundos posibles y que todo en el universo marcha como debiera. Posteriormente, el joven es expulsado de su reino de cristal y enfrenta diferentes azares y adversidades, razón por la cual cuestiona las enseñanzas aprendidas. Ahí es donde aparece Martín, el pesimista. Este hombre considera que nada en el mundo vale la pena pues Dios ha entregado el mundo a algún ser maléfico. Según Martín, no hay nación que no busque la ruina de la otra ni familia que no quiera destrozar a sus vecinos. Y así transcurre la vida de Cándido: entre el optimismo inculcado, los azares vividos y el pesimismo cotidiano. Al final del libro, cansados de errar por el mundo y luchar contra la vida, los tres personajes encuentran un sabio turco, un campesino, quien les aconseja trabajar pues “el hombre no fue hecho para la holgazanería”, además, dice el sabio, el trabajo aleja tres grandes males del hombre: el aburrimiento, la necesidad y los vicios. Después de escuchar estas sabias palabras Cándido decide comprar un terreno y cultivar su propia huerta. Al final de libro, los filósofos siguen razonando, buscando razones para el mundo terrenal y el ultraterrenal, a lo cual Cándido responde respetuoso: “Eso está muy bien” –dice cuando Pangloss comienza a filosofar sobre el origen del trabajo –“pero debemos cultivar nuestra huerta”.


Este libro sencillo y sus consideraciones sin adornos me calaron muy hondo, después de tantos años en que, como Cándido, vagué por las incertidumbres y viví escuchando el optimismo por un oído y el pesimismo por el otro. Dentro del conocimiento intuitivo que adopté desde hace cierto tiempo, algunas sabidurías son confirmadas. Eso me ocurrió con la idea del trabajo -que no el empleo-: desde hace algunos años comencé a considerar que el amor al trabajo era una de las decisiones más sabias que podía tener el hombre. En la vida todo puede fallar: familia, pareja, amigos, “Dios”…. pero el trabajo invariablemente siempre da sus frutos. La razón es muy sencilla, la ley universal de causa y efecto, o la ley espiritual de la siembra y la cosecha.

Como quiera verse, desde el punto de vista científico (ley de causa y efecto) o desde la perspectiva bíblica (“todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”), el amor al acto de la siembra, es un noble sentimiento que acarrea altas recompensas. Lamentablemente en el mundo productivo mucha gente no ha discernido lo suficiente para encontrar la diferencia entre el empleo y ese acto de sembrar llamado trabajo. Si bien, es inevitable para la mayoría de nosotros depender de un empleo, también es cierto que se nos hace necesario trabajar en nuestra propia huerta, sembrando los árboles que queremos ver florecer en nuestra vida.

De hecho, la lógica metafórica es esa: la huerta es nuestra existencia y nuestros actos son semillas. No importa si nuestro terreno es una empinada cuesta o una plácida llanura, nuestra responsabilidad es sembrar y cultivar la huerta. En lo que a mí se refiere, necesité 36 años de vida y muchas caídas desde el asno, camino a mi Damasco personal, para comprender palabras que están escritas desde hace milenios: “todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. Soy un Saulo en camino de llamarme Pablo, y espero ser tan humilde y sensato como ese gran hombre. No reniego de mi ruta, el sendero de aquellos que nacimos sin una semilla de mostaza en nuestras manos está lleno de piedras y tropiezos. Lo importante ahora es saber caminar derecho, guiado por esa fe que ocasionalmente prefiero llamar intuición para limarla de asperezas religiosas. En la plenitud de mis 30 ya despunta el horizonte de los 40, y no es el peso de la edad en números sino la claridad que me ha otorgado una vida de experiencia la que me induce a cultivar mi propia huerta.

lunes, 24 de agosto de 2009

La verdadera paz

Muchas veces me he puesto a pensar si mi posición frente a la vida es correcta o sólo es un error surgido de una mezcla de experiencias de todo índole. ¿Hasta qué punto lo que pienso y creo está mediado por el prejuicio? Khalil Gibrán decía que sólo se es libre cuando deja de hablarse de la libertad como una meta. En este sentido, la libertad no es un horizonte hacia el cual debemos caminar sino precisamente ese sentimiento y esa actitud con la que caminamos. ¿Mi vida va hacia la libertad o vivo libremente? ¿Quiero ser o realmente soy? Dilucidar una respuesta para la eterna e inconclusa pregunta de qué es el ser humano y cuál es su meta fue un dilema que abandoné hace tiempo, acomodado y apaciguado bajo un cielo individual que me decía que me bastaba con aceptarme a mí mismo y afirmarme en el conocimiento de lo que sé que soy, complementado con la intuición de lo que creo ser. No quiero caer en juicios morales ni maniqueos pero debo decir que es una buena posición. Esa mezcla de razón, intuición, experiencia y conocimiento me brinda tranquilidad y me aclara el paisaje que camino. No importa si es una turbia noche o un día soleado, el sentido de aceptación de mí mismo me hace marchar con la cabeza en alto y el pecho despejado.

Sin embargo, dada mi naturaleza inconforme y tal vez ayudado por una de de esas paradojas que habitan al ser humano, encuentro que mi aceptación personal corre el riesgo de volverse sólo una impostura. El sentido de querer más, de buscar más, la certeza de que la belleza de la vida no está en sólo en encontrar oasis temporales en el camino sino también en el hecho de nunca detenerse -nunca dejar de sentir, nunca dejar buscar la plenitud humana en distintos espacios y momentos-, es una fascinación que se va volviendo esquiva en el proceso de construir un vivero para que habite mi auto aceptación. No es tan difícil crear las condiciones para encontrarnos a nosotros mismos y querernos como somos, basta alejar algunas cosas y escucharnos, basta distanciar algunas personas y con ellas se marchan los conflictos. Pero, como han dicho muchos, la paz es mucho más que la ausencia de la guerra: es fácil ser bueno cuando todo está bien y ser generoso en la abundancia. En esta medida, dado que el universo jamás se detiene ni se detendrá, la existencia del ser humano estaría condenada a bondades temporales seguidas por actos justificados de barbarie. Esta sería sólo una repetición del modelo histórico que hemos construido: a una guerra prosigue un periodo de calma suficiente para rearmarse e iniciar otras batallas. Y de algún modo habría que reconocer que esta dinámica humana está acorde con la existencia científica del universo. Todo el tiempo hay estrellas que mueren y otras que nacen, galaxias que colapsan y otras que se forman. Por eso, considero que el referente del hombre histórico –aquel que batalla contra el monstruo de turno que se cruza en su camino- es el mejor que se puede tener.

Pero no siempre mis pies están posados sobre el suelo y mi corazón en vuelo me pide despegar mi cuerpo de la tierra; no es sensato pero es humano. Y según la intuición con la que vivo, estos despliegues de sueños me acercan a la trascendencia y me prometen el retorno a un hogar universal, en estrellas más lejanas que las explicadas por los astrónomos. En confusas sensaciones y en imágenes de niebla, algunas mañanas atrás desperté, más que con la idea, con el sentimiento que un grandísimo hombre –un gigante en todos los sentidos- expresó con una sencilla oración hace casi un par de milenios. “Mi paz os dejo, mi paz os doy, yo no os la doy como el mundo la da”. La búsqueda de una paz que vaya más allá de necesidades humanas satisfechas o en reposo, el deseo de vibrar en armonía con todo aquello que veo y que no veo, y sentir satisfacción en algún rincón de mi ser trascendente son anhelos que comienzan a marcar el sendero que quiero recorrer en los años que me quedan en la Tierra. Hoy tengo el recuerdo de épocas de búsquedas teológicas y se me hace necesario superar los venenos religiosos y sus sesgos doctrinarios. Si logro filtrar credos y astutas palabrerías a las que la ignorancia erigió altares, me encuentro frente a frente en el espejo con un devoto sin Dios, un creyente que no tiene en qué creer pero que intuye que hay algo -o alguien- en quien se puede confiar. Estas sensaciones y recuerdos son las que me hacen desear esa paz que no es de este mundo y cuyo rastro sólo lograré mediante el desalojo de mi cómoda tranquilidad personal impostada de paz interior. Debo reconocer que disfruto del maquillaje pacífico que brilla en mi vida, y no es el tedio ni el vacío el que hoy me hace caminar. De algún modo que aún no comprendo totalmente diría que por fin ahora puedo iniciar una búsqueda respetable y establecer relaciones no surgidas de la necesidad. Por fin puedo edificar algo digno, surgido de la voluntad y no de la urgencia de superar dificultades. Me complazco en mí mismo en medio de mi paz terrena, pero quiero superar esa complacencia. Un camino más allá del derrotero que transito; un sol más brillante, oculto tras el sol que ya me alumbra; un cielo más azul y más apacible –cielo, a su vez, de ese cielo que soñamos- me llaman con sonidos que me vibran en el corazón. Por ahora, el inicio del sendero que me llevará hacia esa verdadera paz es un solo una frase que hace semanas me persigue en medio de las nostalgias intermitentes que llegan sin aviso: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis reposo para vuestras almas”. Sé que el camino está dentro de mí.

domingo, 8 de marzo de 2009

Un horizonte que comienza en tu jardín

Hace 25 años esta hermosa canción del compositor y cantante chileno Fernando Ubiergo ganó el Festival OTI, celebrado en México. Al parecer estuvo inspirada en la guerra fría, ese permanente y amenazador mostrar de dientes que mantenían las dos superpotencias de entonces: USA y URSS. Creo que pocas canciones como esta logran transmitir una sensación o un pensamiento que conjuga todos los amores que puede experimentar el ser humano. Desde el amor filho (el familiar), pasando por el amor eros (entre un hombre y una mujer) hasta vislumbrar ese amor ágape (el amor universal) que tanta falta hace en este mundo, la canción plantea las preguntas y proyecta las imágenes de vida que tuvimos muchos de los que nacimos en la década de los 70´s. Mezcla de diferentes preocupaciones y circunstancias que conformaron el contexto histórico de los años 80, esta canción me recuerda eventos sociales y lejanos pero también experiencias personales. Me gustó mucho desde niño pero estuvo extraviada por años en el cajón de la vida en que olvidamos tantos bellos recuerdos. Hace algunos meses la encontré de nuevo y, según los días o las épocas, no dejo de elevarme en sentimientos cuando palpitan en el aire algunas de sus frases: "...siento que existe un horizonte que comienza en tu jardín..."

Hace más de dos décadas que escuché esta canción por primera vez, y el tiempo y la experiencia han confirmado algunas de sus voces sentenciosas ("...unos arriba, otros abajo, nadie quiere la mitad...") Sin embargo, a mediados de mi treintañez hay preguntas de la canción que alguna vez fueron sólo un verso para cantar en una sala confortable, pero que ahora constituyen acertijos universales con los que me levanto algunos lunes lluviosos o dudas con que interrogo a la noche sabatina. Hay preguntas cuyas respuestas escapan a la comprensión humana: "¿por qué la noche se hace corta cuando aún quiero soñar?"

El nombre de la canción es Agualuna, espero la disfruten.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Otro tiempo vendrá distinto a éste

Desde hace un tiempo he decidido vivir en la ignorancia de la inmediatez. Cansado de ser un voraz consumidor de información de último momento, yo era uno de los que corría al televisor tan pronto como resonaba en la habitación la alarma que anunciaba noticias importantes y de última hora del noticiero de alguno de los canales privados de mi país. Instruido en una época que amaestraba a los ciudadanos bajo la falsa promesa de la educación como puente hacia mejores condiciones de vida y cercanía de los sueños, también creí en el espejismo de los datos y el conocimiento aparente. Y bien lo dijo Walter Benjamin, lo valioso de la información es la novedad. Por eso no es de extrañar que esta generación viva bajo algunos estigmas propios de una era de sobre abundancia de información: una memoria vacía y una adicción a todo lo que sea nuevo, no importa si absurdo. Como nunca he sido hombre de modas, -no me importa si Shakira compró casa, o si Britney Spears cambió de esposo, ni tampoco si a la beldad de la telenovela del momento se le cayó el tacón de su zapato-, y como a los noticieros colombianos les pasó lo del pastorcito mentiroso, a quien a fuerza de anunciar a gritos una mentira nadie volvió a creerle aunque dijera una verdad evidente, decidí delegar en mis conciudadanos la tácita pero meritoria tarea de seleccionar, entre retazos de farándula y goles dominicales, las noticias dignas de recuerdo y discusión. No son muchas en esta época, sobre todo porque a ellos mismos les llega el material ya seleccionado por la autocensura de los medios que buscan crear la sensación de que Colombia es un paraíso artificial donde existe un gobierno que imparte una justicia más sabia que la del propio rey Salomón y lucha contra la pobreza con más denuedo que Chris Gardner. En todo caso, mis conciudadanos cumplen muy bien su tarea y yo me ahorro tiempo: lo verdaderamente importante siempre termina siendo comentario de pasillo, chisme de salón, consuelo lingüístico para soportar el tráfico de la tarde…. Aunque también es necesario decir que en ocasiones me he visto socorrido por algún periodista honesto o con arrebatos de profesionalismo. Así fue como pude mirar más allá de la perspectiva masiva y comprender que la noticia de un niño, a quien su propio padre ordenó asesinar, fue la rastrera estrategia con que el gobierno colombiano intentó encubrir para la memoria la noticia de trece jóvenes de Soacha asesinados por soldados del Ejército de Colombia. La excusa era que estaban en combate pero ya se demostró que esto es falso. Y como los colombianos gustamos de introducir a nuestra lengua eufemismos para referirnos a los trágicos momentos de la historia, en el argot popular y de los medios esta bajeza militar se conoce como falsos positivos. No han sido los primeros pero tampoco serán los últimos en tanto que el Mesías que nos gobierna haya culminado su tarea de desahogar su resentimiento personal, aprovechando el trono que la ignorancia y el egoísmo le han construido.

Me he ido lejos en la disertación pero por alguna razón no he podido evitarlo. Todo delincuente tiene en su vida un momento de honradez, y aunque yo considero que un blog es algo así como un diario personal de aquello que puede hacerse público, tal vez hoy tuve un arrebato de sentido social, algo que desde hace años, al comprobar lo dolorosa que es la ingratitud humana, me he negado a tener. Pero siempre he tratado de ser coherente con lo que pienso, incluso con mis convicciones egoístas. Por eso es necesario aclarar que toda esta reflexión –o justificación- sobre mi permanente desinformación, no tiene otro propósito que expresar la sorpresa que sentí hoy, casi acabando el año, al enterarme a través de otro blog que el magnífico poeta español Ángel González murió el 12 de enero del presente. Viví 11 meses en la ignorancia, y aunque no siento vergüenza literaria por ello, sí me estremece pensar que no me hubiera dado cuenta que en todo este año, en el mundo, faltaba una voz que me alimentaba el alma. A veces mucha cosas confluyen en la vida y muchas historias se cruzan para que alguien pueda escribir una sola línea. Y siendo fiel a esta idea, quiero rendir un pequeño homenaje al desaparecido poeta español y rememorar un hermoso poema suyo, cuyo primer verso, en la confluencia del azar, puede ser una promesa de mejores vientos para el destino de la gente corriente de mi generación:


Otro tiempo vendrá distinto a éste.
Y alguien dirá
«Hablaste mal. Debiste haber contado
otras historias:
violines estirándose indolentes
en una noche densa de perfumes,
bellas palabras calificativas
para expresar amor ilimitado,
amor al fin sobre las cosas
todas».
Pero hoy,
cuando es la luz del alba
como la espuma sucia
de un día anticipadamente inútil,
estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí: por lo que muero.

Otro tiempo vendrá distinto a éste. Ángel González

lunes, 1 de diciembre de 2008

Días idénticos a nubes

Lluvias torrenciales y soles feroces se han cernido sobre esta desamparada porción de tierra andina. Acciones humanas que evidencian una codicia sin límites ni explicación han convulsionado nuestros corazones y el entorno tangible y social en el que la solidaridad es sólo una palabra de diccionario. Inundaciones y estafas, sequías y hombres muertos por obra de su hermano planetario, clima ilógico y acciones humanas sin sentido. Todo esto han sido las líneas que dibujan el panorama de nuestro reciente tiempo. Y desde allí, desde lo externo natural pero también desde la realidad fabricada por el hombre según sus ambiciones, busqué justificar las sensaciones mudables que vagaban por las tardes de estas semanas y estos días. También admití la posibilidad de que es simplemente el carácter variable de la existencia terrena la que nos sumerge en días tan cambiantes que muchas veces las horas de ayer parecen lejanísimos recuerdos de una vida forastera, cuyas memorias llegan a nosotros como un accidente metafísico. Y ni hablar de los sentimientos que provoca el mañana incierto. Y cuando digo mañana no hablo del futuro sino de las horas que siguen a los instantes dormidos de esta luna.

Los días cambiantes de la adolescencia ya fueron cantados por Cernuda, esculpidos maravillosamente en un poema que inicia con un hermoso verso (“Adolescente fui / en días idénticos a nubes”) Sin embargo, la marcha del mundo, y acaso la del universo, ha contribuido a aniquilar la posibilidad de una constancia o permanencia de días transparentes. Cuando se va la adolescencia en nuestras vidas, muchos creen que con ella se alejan los días móviles, las horas que empujamos con la impaciencia de nuestra sangre y la pulsión de unos sentidos tan jóvenes que ansían devorar el mundo. Muchísimas noches del pasado creí que en el misterio de la madrugada estaba oculto el secreto de la vida, y entonces me embriagué en bares y caminé peligrosamente por calles que guardaban historias y enigmas sólo captables por intuición, nunca por entendimiento. También pensé que la vida podía hablarme a través del aire crepuscular, gastando pasos por la ciudad en aquellos momentos en que la prisa de la mayoría de personas no les permitía percibir una esencia que se filtraba por entre el ruido de motores y se alejaba hacia las esquinas de barrios populares y parques poco concurridos. Pero lo profundo de la nocturnidad y de la ligereza de la tarde fue desapareciendo con el tiempo bajo una sombra de sensatez que primero se colaba por las experiencias, modificando mi pensamiento, y luego se metió por las ventanas de las casas donde he vivido y me sumió en el sopor de la prudencia, haciéndome cerrar las puertas a la calle en horas mucho más tempranas que cuando era adolescente.

Con este breve recuento sólo quiero recordar que la adolescencia me llevaba a proyectar horizontes y no importaban los prejuicios. La vida era un inmenso camino que invitaba a recorrerlo, pero muchas veces tenía más emoción transitar por trochas paralelas. Sin embargo, luego vino la adultez y trajo consigo muchas máscaras: la cobardía disfrazada de prudencia, la madurez que oculta una pereza existencial, el prejuicio que se viste de actitud radical. Pero la vida es un río y siempre marcha. Por eso, sin pensarlo, las semanas –tal vez los meses- anteriores me han envuelto en días cambiantes, en horas de catarata que me hicieron dimensionar vivencias, tiempos y distancias. Esperas como nubes dormidas en un cielo detenido; incertidumbres negras cargadas de latidos fuertes del corazón; cambios precipitados e imprevistos que rugieron como truenos; vacilaciones leves como lloviznas pasajeras en una mañana de sábado; pero también brumas diáfanas que estaban allí solamente para suavizar un sol que me calentaba el alma; deseos pasajeros y móviles; sueños que volaban como un rebaño de algodón cósmico que me hizo –y me hace- mirar hacia otras latitudes donde me esperan otros domingos y otros vientos….. Todo eso viví en pocas semanas…... Y si bien, mi adolescencia terrenal está lejana, pérdida en una distancia que ya comienza a medirse por décadas, recientemente he vivido días idénticos a nubes. Y la voz de ese universo que me habla, me dice que esos instantes profundos sólo vislumbran su infinitud desde la adolescencia universal, desde ese eterno periodo de tiempo que, a su vez, es parte de una eternidad mayor; etapa de una existencia que inició antes de mi nacimiento y se prolonga, y continuará prolongándose -gracias a esa materia invisible que habita el comos y compone nuestra alma-, más allá de los pulsares, de las galaxias lejanas, del tiempo plano y el espacio curvo que ni científicos ni místicos han logrado descifrar.