Hace años tuve la fortuna de leer esta autobiografía de Piri Thomas, un joven que crece en Harlem, Nueva York, por allá en la década de los cincuenta. Para el tiempo en que el autor era un adolescente, Harlem era un barrio con enorme influencia latina. De este factor se desprenden disímiles consecuencias, generalmente cargadas de dificultad. El rigor de un ambiente violento que impone sus leyes en el espíritu de los habitantes de aquellas “calles bravas” se trasluce en las páginas de este sensible relato. Sin embargo, muchas veces la violencia que asolaba las calles de Harlem tenía como origen el propio ímpetu de las familias latinas que, intentando abrirse paso en
Fue paradójico que yo, latino hasta la médula, leyese el libro en alguno de los tantos fines de semana en que me aburría de modo inverosímil en un tranquilo pueblo de

En ese tiempo triunfó el desvarío febril de mi impulso latino. Pero debo reconocer que esa victoria ocurrió no sin miedo de mi parte: la bravura de las calles de Harlem, sus fanfarronadas y los desdenes que debió sortear Piri Thomas en su época, las conocí personalmente a miles de kilómetros de Nueva York, en calles festivas donde las derrotas cotidianas de sus habitantes eran berreadas y celebradas estruendosamente en los estéreos de sus casas, amén de los alaridos y las bravatas de los borrachos que inundaban las esquinas de mi barrio. Así, sin saberlo, en un rincón andino ubicado
He rememorado este libro en la época actual en que reflexiono sobre los errores y los vicios de nuestra cultura. A veces un tonto nacionalismo, alimentado por los medios de información y las eficaces campañas publicitarias de la cerveza, nos dispara el orgullo patrio hacia alturas absurdas y engañosas. Pasando por alto la sensatez ganada a punta de experiencias maduradas, la emoción nacionalista nos impide la autocrítica y el consecuente crecimiento social e individual. En la plenitud de su vida, Piri Thomas encontró tranquilidad, al haber logrado romper la estructura de valores que el barrio latino le había impuesto como una marca interior: simplemente entendió que él mismo era el problema y decidió cambiar. Siendo un adulto mayor, vivía con su familia en Los Ángeles donde se dedicó a ayudar a jóvenes problemáticos a superar sus traumas y sus odios. Quizás, siguiendo el ejemplo de Thomas, en mi vida presente -ocaso de mi amada treintañez-, en la batalla interior librada por la influencia de aquellas dos culturas sale victoriosa la experiencia sensata. Alejado de los impulsos febriles de otros tiempos, el sosiego tanto interior como vital que anhelo tiene la imagen de una casa nocturna y sencilla, cobijada por un cielo apacible que me será esquivo en tanto mi estructura emocional no esté preparada para admirarlo.
Hace un par de meses intenté encontrar el libro de Thomas en las librerías de mi ciudad, pero quizás debido a nuestra autocensura cultural, o peor aún, a la censura comercial que no hace muy visibles los libros “worst-sellers”, no pude encontrarlo. Entonces escribí a la biblioteca de West Palm Beach solicitando información sobre el libro y su autor. En mi carta, a mi petición le añadí una observación que decía: “ese libro es muy importante para mí”. Y con esa gentileza y eficacia características de los empleados de aquella biblioteca, antes de 12 horas me llegó la respuesta con todos los datos solicitados, incluyendo un comentario que parecía ser respuesta a mi nota personal: “ese libro es muy importante para mucha gente”. Reconforta saber que en los caminos de nuestras encrucijadas interiores, somos muchos los que buscamos la senda del sosiego.
Recomiendo la lectura de este libro para aquellos que quieran hacer una reflexión acerca de la confrontación de nuestra propia interioridad contra ese entorno que a veces no logramos entender. Alguna vez Gandhi dijo: “Si estás en paz contigo mismo al menos hay un lugar pacífico en el mundo”. Se necesita una medida justa de autocrítica para inducirnos a buscar un cambio dentro de nosotros mismos. Una idea o una postura asumida por millones de seres no constituye necesariamente una verdad. Nuestro colectivo patrio necesita con urgencia un cambio de patrones culturales y nuestro colectivo humano necesita reposar sobre estructuras emocionales diferentes. Sin embargo, aquel requerimiento de dimensiones macro se inicia con una disposición voluntaria en el micro cosmos de nosotros mismos.
Abrir la puerta del garaje, dar la luz: sobre la blanqueada pared, la sombra de un patinete y de una máquina de coser en desuso. En el rincón de Züpfner, el Mercedes probaba que se Züpfner había ido a pie: "Respirar el aire, respirar un poco de aire, aire". Barro en neumáticos y guardabarros recordaba viajes por el Eifel, discursos por la tarde ante las juventudes ("luchar juntos, resistir juntos, sufrir juntos").
Toda la tarde sola en el grupo, en casa de Blothert en casa, y sólo el ca-ca-ca en los oídos, y esa vez no terminaba en "-nciller", sino en "-tólicos". Como un cuerpo extraño te zumba la palabrita en los oídos. Suena a juego de crícket, suena también un poco a úlcera. Blothert posee el contador Geiger que permite descubrir a los católicos: "Éste sí, éste no, éste sí, éste no". Como si deshojase la margarita: me quiere, no me quiere. Me quiere. Allí se examinan clubes de fútbol y compañeros del partido, gobierno y oposición, con el test católico. Igual que un distintivo racial, se busca la piedra de toque y no se la encuentra: nariz nórdica, boca occidental. Alguien la tiene con seguridad, se la ha tragado, la piedra tan codiciada, la buscada con ahínco. Es el propio Blothert, guárdate de sus ojos, Marie. Lujuria senil, ideas de seminarista sobre el sexto mandamiento, y cuando se habla de ciertos pecados, sólo en latín. In sexto, de sexto. Naturalmente, suena a sexo. Y los queridos niños. A los mayores; Hubert, dieciocho; Margret, diecisiete, les está permitido quedarse un rato, para que la charla de los adultos les aproveche. Se habla de católicos, estado corporativo y la pena de muerte, que hace surgir una curiosa llamarada en los ojos de la señora Blothert, y su voz se eleva a irritadas alturas, donde el reír y el llorar se juntan sensualmente. Has intentado consolarte con el trasnochado cinismo de izquierdas de Fredebeul: en vano. En vano intentarás irritarte con el trasnochado cinismo de derechas de Blothert. Hay una bonita palabra: nada. No pienses en nada. Ni en el canciller, ni en los católicos, piensa en el payaso que llora en la bañera, que derrama el café en sus zapatillas."
Tan lejos, de repente, vuelve ese viento antiguo
Recuerdo las clases de Literatura Universal II en la universidad. Un profesor llegado de los salones de La Sorbona, amante del refinamiento y una estética extraña a nuestro mundo de mágicas tragedias, nos martillaba los lunes y los miércoles de 8 a 10 de la mañana con su desprecio por lo autóctono y sus exquisiteces aprendidas en sus madrugadas de tomar café con crema y comer un trozo de baguette. Inicialmente creí que era una patología traumática del maestro o una pose intelectualoide. Sin embargo, con el tiempo fui conociendo otros profesores de la misma procedencia y entendí que era una postura generalizada de los catedráticos que regresaban del país del champagne y los viñedos. En todo caso, yo cursaba el segundo semestre de mi carrera y más que las clases con muletillas en francés me robaban el corazón las caminatas por el Parkway al caer la tarde, evitando el tráfico de la carrera 30. Por aquellos tiempos añoraba la vida que me prometían la calle y la noche, por eso odiaba las teorías y los maquillajes formales que cubrían la academia. Tal vez fueran estas dos situaciones o mi vicio de leer autores contemporáneos lo que hicieron que al finalizar el semestre a duras penas pudiera pasar la materia con una nota modesta y cierto prejuicio por los clásicos franceses de los siglos XVII y XVIII. El único que salía bien librado a mis ojos era Moliére, gracias a su humor y la ligereza vital que se percibía en sus obras.